El día de la marmota

Por José Luis Trujillo del Real

Los sevillanos sabemos que el Domingo de Ramos es el día más bonito de la ciudad, porque no es otra cosa sino el gran triunfo de la vida en sus calles, y ese triunfo que se prolonga durante una semana, con la gran explosión de emociones en la Madrugada del Viernes Santo, se remata con la tarde del Domingo de Resurrección, cuando tras los días del Triduo sagrado, la vigilia de la Pascua y el repique de gloria de las campanas, nos acercamos a la función sagrada y mundana que en el Arenal, en el templo sagrado de la tauromaquia trae el culto ancestral del toro y el hombre. Es el triunfo de la vida en definitiva lo que viene a celebrarse al coso del Baratillo, donde un hombre revestido de seda y oro buscará la creación suprema ante los uros de los aleluyas y así, un año más, se consumará el rito.

 

Ay, pero en estos días de confinamiento por el coronavirus es precisamente la vida la que nos falta, huérfanos de cofradías, la ciudad ha estado tan sosegada y en calma, que sólo se sobresaltaba cuando se les ponía cara y apellidos a aquellos que cayeron en su particular guerra con el virus. Y la suspensión de las estaciones de penitencia de los días sacros, vino aparejada la de la Feria y por ende esta fecha del Domingo de Resurrección.

 

Alguien nos comentaba que este confinamiento, que se ha llevado tantos días grandes por delante, era como el día de la marmota, sólo roto por la ocurrencia, de quienes se permitían la licencia de poner una marcha de Semana Santa a la par que quemaban incienso mientras el vecindario aplaudía por los balcones. Hoy, desgraciadamente no ha sido una excepción, y a las ocho en punto, ha vuelto a sonar la misma ovación de cada día, con la única diferencia de que en esta ocasión alguien desde un balcón ha puesto un pasodoble, Plaza de la Maestranza, y por un momento nos hemos trasladado al Arenal, hemos pensado por la hora que estábamos tras el arrastre del cuarto toro y que un torero estaba dando triunfalmente la vuelta al ruedo…

 

La realidad lógicamente era otra, no estábamos en nuestra grada -hoy Tendido Alto- apoyados a una de las columnas que sostienen los arcos, sino que una tarde más – un día más-  estábamos asomados al balcón de casa, viviendo la ovación a los que luchan contra la pandemia, y es que a la postre este día especial, este domingo más que de Resurrección volvía a ser el día de la marmota. Sólo nos queda la ilusión de que más pronto que tarde, esto lo recordemos como un sueño lejano, un sueño que permita reabrir las puertas de una plaza de toros y en sus tendidos podamos reencontrarnos con la fiesta en libertad, que eso ya será harina de otro costal.