Veinte años

Por José Luis Marín Weil

Cualquier día que me dé por poner un poco de orden entre todas las carpetas que guardo en casa y que custodian, como oro en paño, muchos de los carteles y fotos taurinas que desde muy pequeño he ido guardando, seguramente acabará apareciendo antes o después la solicitud de ingreso en la Escuela Cultural de Tauromaquia de Jaén.

  La realidad es que nunca fui alumno. Al menos oficialmente mi nombre y apellidos no consta en el registro de la Escuela. Aquella hoja de inscripción que seguramente duerma el sueño de los justos en cualquier rincón de mi casa, nunca llegó a su destino y tengo esa espinita clavada. Me faltó el permiso paterno, o quizás más bien el materno. Y curiosamente, a mi padre lo nombraron directivo de la Escuela en sus inicios aunque él prefirió declinar esa responsabilidad.

  Lo cierto es que siempre estuve ahí, alrededor de la Escuela y no fueron pocas las veces que después de haberme subido hasta la Plaza de Toros a entrenar con mi amigo Arturo Montilla, mi padre se acababa enterando.

  Parece mentira, pero han pasado ya veinte años de aquello, y francamente a la vuelta de todo este tiempo contemplar viva la Escuela de Jaén me parece un milagro.

  Su nacimiento vino marcado por un tiempo ilusionante que a finales de la década de los 90 vivimos en Jaén capital: un matador de toros local, un jovencísimo rejoneador de apenas quince años, varios novilleros sin picadores abriéndose camino, un empresario que revolucionó la Feria de San Lucas y un ambicioso proyecto por delante para cubrir la Plaza de Toros, como finalmente ocurrió.

  Se juntaron todas esas circunstancias y Jaén, taurinamente, se llenó de ilusión y esperanza. Un año antes, en la Feria de San Lucas del 96, tres jóvenes de la capital modestamente se vistieron de luces. Eduardo Ortega y Juan Peco hicieron el paseíllo en la novillada de la “Mujer Jaenera”, que se recuperaba al cabo de muchos, muchísimos años. A la mañana siguiente, Antonio Sutil actuaba en la parte seria de “El Bombero Torero”. Había en Jaén jóvenes que soñaban con ser toreros con poquitos medios pero muchas ilusiones. También los había por la provincia: Curro Gandullo, Iván Alameda, “El Tibora”, Gil Caracho o la baezana Lola Beltrán…

  Así pues, de la mano de la sociedad propietaria de la Plaza de Toros de Jaén, a mediados del año 1997 veía la luz la Escuela Cultural de Tauromaquia de Jaén para encauzar todas esas vocaciones, recogiendo el testigo de la anterior Escuela del Club “Tendido 1” ,su predecesora allá por los años 80. El primer matador de toros que dio esta ciudad, Juan Tirado, fue el primer maestro que tuvo la Escuela de Jaén.

  Insisto en que me parece un milagro que haya logrado llegar hasta nuestros días sumando dos décadas de actividad ininterrumpida, debido principalmente a dos motivos: las horas bajas que vivió la Escuela cuando apenas hubo alumnos, y la falta de recursos económicos y apoyo institucional que ha marcado su camino.

  Años atrás, no hace mucho, se encendieron las alarmas porque el alumnado estaba bajo mínimos y en un determinado momento la Escuela se había convertido en un reducto de novilleros y aspirantes de todos lados menos de la provincia de Jaén: muchos cordobeses, granadinos y hasta gente de Levante. Una circunstancia mil veces repetida, la verdad, en esto de las escuelas taurinas.

  También por momentos la edad de los alumnos era tan corta que asomarse al ruedo de la Plaza de Jaén era sinónimo de ver a niños jugando al toro más que entrenando de verdad.

  Y la escasez de medios económicos y de apoyo institucional ha sido una constante a lo largo de todos estos años. Una Escuela Taurina invisible para las principales instituciones y administraciones. Yo mismo he podido ver una carta de la Concejalía de Cultura, hace más de un lustro, negando la aportación de la Banda de Música Municipal a una novillada de promoción…

  Esta es una de las realidades de la Escuela, y está bien recordarla porque mientras por desgracia en otros lugares de España se le cierra el paso a escuelas emblemáticas como las de Madrid o más recientemente la de Jerez de la Frontera, la de Jaén nunca gozó de esos privilegios ni esa fortaleza presupuestaria o estructural. Todo se suplió unas veces con ganas, otras con ilusión y siempre con un tremendo esfuerzo.

  Es evidente que de estos veinte años, la llegada a la Escuela de Joselito Rus hace ahora siete años marcó una nueva etapa. Sin desmerecer a otros anteriores directores ni las directivas precedentes, donde ciertamente poco cambio hubo en casi veinte años, estas últimas temporadas han marcado un punto de inflexión y la Escuela en muchos sentidos se ha regenerado.

  Ha ganado la presencia en la sociedad jiennense que antes no tenía, se ha adaptado a la actualidad proyectando en las redes sociales su día a día, ha sabido reinventarse y autofinanciarse  con ingenio para sacar adelante su fin de formar a jóvenes en el arte de torear y sin duda lo más meritorio: ha logrado poner en marcha tanto en Jaén como en la provincia un puñado de festejos de promoción que han servido para sembrar afición, fortalecerla y hacer que los alumnos toreen.

  Meter a ocho mil personas una tarde en la Plaza de Toros de Jaén equivale a cinco veces el pabellón de “La Salobreja”, lleno, cuando juega el Jaén Paraíso Interior. Y la Escuela lo ha conseguido con sus alumnos regalando a la ciudad una tarde de toros sin recibir un céntimo de dinero público. Por más que algunos, fuera de la Plaza se empeñen en vociferar algo que se creen dentro de su desconocimiento y su ignorancia.

  Pero más allá de un presupuesto modesto y facilidades ajenas que apenas llegan, el motor de la Escuela lo marcan todos esos niños que sueñan con ser toreros. Algunos sólo juegan al toro, otros a pesar de su edad son capaces de ponerse delante de una res brava e interpretar a su modo el toreo que llevan dentro.

  Lo milagroso, es que muchos de ellos han sentido la llamada del toreo y proceden de pueblos de la provincia donde no hay actividad ni tradición taurina. Otros han nacido en familias donde la afición a las toros hasta entonces brillaba por su ausencia, naciendo de forma innata en cada uno de ellos. Y en todos coincide una misma circunstancia: pertenecen a una generación que está creciendo sin una presencia habitual de la fiesta de los toros en la televisión en abierto. Todo esto nos hace preguntarnos, una vez más, aquello de …¿Qué tendrá el toreo?

El tiempo nos dirá si esos niños de hoy llegarán a ser nuestros toreros del mañana.