Mi dilecto amigo

 

Por José Luis Marín Weil

Así te dirigías a mí siempre. Y sé que hacías lo propio con todas aquellas personas a las que estimabas. Hoy vuelvo a esta postura de la armada literaria de Navalcardo para rendirte tributo, en tu rincón favorito de las páginas de un periódico: en la columna.

Allí te gustaba refugiarte para escribir de toros. Porque escribir de toros y leer sobre toros fue lo que nos unió desde aquel 2 de marzo de 2006 en que nos conocimos, con Patri por testigo. Tú me lo recordabas perfectamente.

Desde entonces más de una década hemos compartido y hemos prolongado las horas y los días más allá de lo posible teorizando sobre el toreo y sus circunstancias.

Tu presencia era constante y habitual en las tertulias, en los coloquios, en las reuniones. Allí donde se hablase de toros con sentido común y rigor. Por eso tu ausencia aquel jueves en la Plaza de Toros para oír a Moncholi nos extrañó a todos. ¿Quién nos iba a decir entonces que en ese mismo momento te estabas marchando para siempre?

Es imposible no recordarte. He vuelto a pasear por Bernabé Soriano y se me hace raro no cruzarme contigo, haciendo tiempo para asistir a La Económica a un concierto o una conferencia. Y en la puerta de Diputación me detengo y tengo el presentimiento que en breve te volveré a ver para prestarnos el enésimo libro de toros, habiéndolo pactado previamente y sin necesidad de mandarte un mensaje porque tú no tenías teléfono móvil.

Tu dos grandes ilusiones son el legado que me queda para sentirte cerca. Tu libro “Linares Taurino” y el pasodoble que el Maestro Vílchez te compuso llevando por título tu nombre: “Salvador Santoro”. Menudo privilegio para un aficionado cabal. Aún recuerdo como te estremeciste, desde tu balconcillo, viendo torear a Manzanares bajo los compases de tu pasodoble en la Plaza de Linares el día que allí sonó por primera vez.

Ahora, cuando vuelva a la Plaza de Santa Margarita se me hará raro no verte en tu localidad. Ni tampoco en tu abono del Coso de la Alameda. O por la mañana en el sorteo, con tu sempiterno cigarro, departiendo con la gente del toro con ese humor tan castizo y socarrón que tú tenías.

A la vuelta de unos años, se me hace doloroso recordarte desde mi rincón de Navalcardo. Pero sé que desde tu nueva dirección – como decía Lope Morales- seguirás leyéndome y disfrutarás con aquello que tan feliz te hacía y a los dos nos unió a través de Jaén Taurino. El columnismo taurino. Hasta siempre Salvador.

 

Publicado en el Diario Viva Jaén