Veinte años y un milagro

El pasado domingo medio Jaén se quedó en su casa maldiciendo el frío que hacía en la calle. El otro medio, se lanzó a la calle Bernabé Soriano a presenciar el concurso de cortadores de jamón y la fiesta del aceite, en estos primeros pasos del centro peatonalizado. Y por la tarde, los fieles a la causa del Real Jaén bajaron a La Victoria, a ver jugar al equipo de la capital en su periplo por la Tercera División.

Lejos de todo eso, y prácticamente en secreto, el domingo por la mañana la Escuela Cultural de Tauromaquia de Jaén celebraba su fiesta de fin de curso en la plaza de toros de Jaén. Lo hacía a puerta cerrada.

Mezcla de sensaciones en el túnel de cuadrillas. Ilusión, responsabilidad, miedo y ganas. El sueño de torear dos becerras en la plaza de Jaén delante de amigos, familias y aficionados.

La mirada en cada uno de ellos, perdida hacia los tendidos de sombra. El capote sobre el hombro, el sombrero cordobés o la gorra campera recubriendo la cabeza de sus cuerpos diminutos, en los que el frío se había metido de lleno en una gélida mañana, haciendo sonar los caireles de sus calzonas, reproduciendo un sonido similar al de las mulillas de arrastre.

Una veintena de niños cruzaban el ruedo jiennense, sin importarles los dos grados que marcaba el termómetro a las doce de la mañana en Jaén. Ese paseíllo no sólo marcaba el final de la temporada para ellos, también ponía punto final a este año en el que la Escuela de Jaén ha cumplido veinte años de vida.

Conociendo como la conozco desde su fundación, y viviéndola como la he vivido, me parece un auténtico milagro que haya llegado hasta nuestros días y se mantenga, funcionando exclusivamente de forma independiente y sin recibir un apoyo de lo público a diferencia de otras muchas que a lo largo de toda España existen y funcionan contando con un presupuesto estratosférico y unos recursos mayores.

La Escuela Taurina de Jaén existe, aunque a ojos de la sociedad parezca invisible. A ella pertenecen alumnos que vienen a la capital a entrenar desde pueblos que no tienen tradición taurina. Muchos de ellos, pertenecen a familias sin afición a los toros, brotando en ellos de forma espontánea y natural. Y lo curioso, es que toda esta generación de niños está creciendo sin la presencia habitual de la tauromaquia en los grandes canales de televisión.

Aquellos que ven cercano el final de la fiesta de los toros se lo tendrían que pensar dos veces si vivieran una mañana como la que se vivió el pasado domingo en Jaén. Y se asombrarían al ver el respeto y los modales en niños tan pequeños.

Que lleguen a vestir de luces, lo dirá el paso del tiempo y el destino, pero al menos se formarán sólidamente como aficionados y al mismo tiempo como personas. De ellos se encargan Joselito Rus –un jiennense en la élite del toreo-, el matador de toros retirado Curro Martínez y el antiguo alumno Antonio Sutil.

Han pasado veinte años y la Escuela continúa, quizás con más vida y futuro que nunca. Hay un puñado de alumnos que ya son novilleros y están pisando plazas de responsabilidad, despertando interés entre los aficionados. Pero también hay un grupo de niños, menores de quince años, con unas condiciones asombrosas a la hora de torear, que tienen entusiasmados a los aficionados de la capital, porque a la vuelta de tres o cuatro años podemos tener una generación nueva de toreros en esta ciudad. Y falta hace.